Narcisismo y fanatismo político

Por Franklin Rodríguez

Durante la semana pasada se vertieron a través de los medios de comunicación curiosas noticias, algunas de las cuales nos llevaron a reflexionar sobre ciertos rasgos conductuales presentes en la sociedad, que una vez expuestos, tienden a reflejar un lado poco agradable de nuestra personalidad. De ahí que si alguien preguntase, qué tienen en común el anuncio de un ejército espacial por Donald Trump, el afán de poder en Latinoamérica, y el recuerdo de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, el presente título es una buena guía.

Recuerdo haber citado recientemente en privado a George Orwell, quien advirtió en su momento que: “decir la verdad en tiempos de engaño universal, es un acto revolucionario”, nada más a tono con nuestra realidad.

Ciertamente, en un mundo tan condicionado por la posverdad, el culto a la personalidad y la calumnia, es fácil ver cómo la mentira vuela con holgura, al tiempo que la verdad apenas le sigue cojeando…

Dentro de esas problemáticas sociales resaltan inconductas, que al igual que la soberbia, atentan contra la sana interacción entre las personas y distorsionan el fin mismo del ejercicio del poder, como es el caso del narcisismo.

Según la mitología grecorromana el término encuentra su origen en Narciso, un hombre con rasgos físicos bien atractivos, que prefirió admirar su belleza antes que aceptar el amor de ninfa Eco. Su desprecio por esta le mereció un severo castigo, al ser condenado a contemplar eternamente su propio reflejo en un arroyo, en una especie de autorretrato perfecto que se desvanecía cada vez que lo acariciaba.

Para el siglo pasado el famoso psicoanalista, Sigmund Freud describió el narcisismo como un trastorno de personalidad, que induce al egoísmo y la obsesión por obtener reconocimiento social. Esto se conjuga con un autoestima elevado que raya en la sociopatía, pues el narcisista se cree más importante, inteligente y apto que sus iguales, lo que le hace ignorar la realidad fuera de la burbuja de su propia contemplación.

Si lo vemos en el plano social, el narcisismo lleva unas décadas copando nuestro entorno, promovido por sendas campañas publicitarias que nos recuerdan la importancia de la apariencia física, teniendo como referentes de perfección a celebridades, al tiempo que nos ponen a disposición los medios (productos) para alcanzar la mejor “versión de nosotros”. Esto lo hacen vendiéndonos la necesidad de recurrir a las cirugías estéticas, la adquisición de prendas de vestir, la compra de aparatos tecnológicos, carros, casas, y por qué no, a obtener mayor cantidad de “Me Gusta” en redes sociales.

Hoy en día, según un estudio llamado “Epidemia del Narcisismo”, en sociedades propensas a la cultura del consumismo como los Estados Unidos, 1 de cada 10 jóvenes tiene trastorno narcisista. El afán de exagerar las cualidades propias, de sentirse “autentico” y admirado por los demás, tiende a reproducir seres apáticos socialmente, que requieren de la adulación de sus semejantes y en el peor de los casos, que estos últimos asuman una actitud sumisa a sus antojos, lo que nos lleva a otro tipo de narcisismo, el político.

Cautivo entre espejos y encuestas complacientes, el político narcisista conjuga la demagogia propia de la soberbia, con una necesidad desenfrenada de acumular poder, al tiempo que alimenta el culto a su personalidad y actúa con cinismo. Obviamente, tal comportamiento desviado distorsiona la percepción de la realidad, pues al suprimirse la autocrítica dentro de su entorno, se crea un abismo entre lo que percibe la sociedad y lo que el narcisista cree representar.

Por lo general, una persona con tales características es reacia al cuestionamiento público, escudándose en una lealtad desmedida de su entorno, que lleva a cabo con egoísmo patológico su propia agenda, aun ello implique transgredir leyes fundamentales y anteponer intereses propios a los de la sociedad que los legitimó. En esa misma línea lo identifica el Dr. Iñaqui Peñuel, quien entre otras cosas reconoce en el narcisista político lo siguiente: “padece fantasías de éxitos y poder ilimitados, necesidad excesiva de ser admirado (culto a la personalidad), carece de empatía, padece envidia pasiva o activa (resentimiento), hipersensible a la evaluación de los demás (reactivo), viola códigos éticos, a menudo manifiesta ser imprescindible…”. Le gusta mentir.

Identificar a un líder narcisista suele ser una tarea difícil en principio, pues, saben camuflar su personalidad en un discurso muy a tono con las expectativas democráticas, creando esperanza y prometiendo atacar con cierto populismo los principales males sociales. Sin embargo, tras dichas promesas descansan intereses particulares, que aun impliquen no encarar con responsabilidad la realidad y crear un ambiente de conflictividad social, parecen no inmutar a su huésped.

Sin embargo, un punto de inflexión se evidencia cuando la sociedad logra desenmascarar al líder político narcisista, en especial cuando este ejerce la autoridad, pues se genera una resistencia natural a todo lo que parezca un engaño o estratagema por ampliar las cuotas de poder, el cual lejos de ser un medio para servir a interés nacionales, fue convertido en un fin en sí mismo. De ahí que todo privilegio, imposición, inmunidad, elusión de responsabilidades y falta de respuestas, sea visto con sospecha.

Dicha reacción social, tiende a su vez a poner en evidencia la “autocomplacencia”, pues deja de existir el falso consenso que se había creado en torno a la figura narcisista, donde se estipulaba que gran parte de la sociedad aprobaba una determinada gestión y avalaba todas sus acciones, sin plantear consecuencias. Es así como se desvanecen los espejismos, recordándonos que con un “Me Gusta” o encuestas no se genera un auténtico reconocimiento, si nuestras acciones dejan de lado la importancia de los demás.

Ya no sabemos si la incursión a la política pragmática nos llevó a un viaje sin retorno a la cultura del “yo”. Pero mientras seguimos tratando de interpretar los males propios de la política narcisista, analizaremos la semana entrante otro mal que se deriva de tal desviación.

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