Nacionalismo: ¿Un mal insuperable para la humanidad?

Por Franklin Rodríguez

Fuente: Vanguardia del Pueblo

Recientemente leímos unas provocadoras declaraciones del multimillonario estadounidense, Warren Buffett, quien expreso que “el mundo no aprende de sus errores”, sentenciando luego que como especie “somos inteligentes, pero no sabios”.

El contexto en que el influyente empresario emite esas opiniones, no es otro que el de un mundo que tras décadas de continuo progreso y avances para la humanidad, hoy se ve envuelto en un afán desmedido por retroceder a tiempos del proteccionismo, la intolerancia y militarización, propios de los primeros años del siglo XX.

De hecho, una de las principales razones que provocaron el llamado de alerta de Buffet, debido a su incidencia directa en el desencadenamiento de los dos eventos más catastróficos del siglo pasado (1ra. y 2da. Guerra Mundial), es el fervor nacionalista que se vive nueva vez en Europa y Estados Unidos. Pero, ¿es el nacionalismo un concepto negativo per se, o existen variables que lo hacen noble o destructivo según los intereses del Estado? Veamos:

Indagando en sus orígenes, comenzamos explicando que el nacionalismo consiste en una corriente ideológica de carácter sociopolítico, que sustenta su creencia en que los individuos dependiendo su procedencia, tienen un origen e historia común, que les hace compartir características vinculantes como cultura, territorio, costumbres, lengua, etnia, etc. Todo ello permite dar forma a una especie de identidad propia y un sentido de pertenencia, que les distingue de otros conglomerados humanos.

Sin embargo, para que esa consciencia de nación exista dentro de una “comunidad”, deben darse otros elementos previos como contar con un Estado organizado, una condición heredada de la Revolución Francesa, donde la lealtad del pueblo pasa de ponerse al servicio de un monarca, a servir a una Constitución y una bandera.

La nueva condición de hombres libres con derechos ciudadanos, sirvió para diseminar la semilla de un nuevo nacionalismo conservador que germinó en la Europa durante las conquistas napoleónicas, que apelaba por proteger los rasgos distintivos entre Estados, rechazando cualquier imposición externa, y en América Latina motorizó un movimiento de carácter “patriótico” que sirvió a los aprestos libertarios.

De ahí que se hable de un “nacionalismo romántico”, que sustenta su legitimidad en el pueblo y los rasgos comunes que le brindan una identidad única, que preservan celosamente por medio del ejercicio de la soberanía; o el “nacionalismo separatista”, cuya intención es la de un determinado pueblo de independizarse de una nación a la que está sujeta por lazos políticos, económicos o geográficos, como por ejemplo los casos de Yugoslavia, Cachemira, Escocia, Cataluña, Chechenia, Irlanda del Norte, País Vasco, etc.

Ahora bien, existe un tipo de nacionalismo destructivo, que dio origen a movimientos políticos de triste recordación para el mundo y que forman parte de las advertencias implícitas en las declaraciones de Warren Buffett citadas inicialmente. Nos referimos al “nacionalismo vanaglorioso”, que es una exageración de las cualidades e imagen de una nación ante el mundo, considerándose superior y predestinada a destacar por sobre las demás naciones.

Alentada en gran medida por las burguesías locales (clase dominante), este tipo de nacionalismo fue el que dio lugar tras los resultados de la 1ra. Guerra Mundial al nacional socialismo en Alemania (partido Nazi) y al fascismo en Italia, dos corrientes que se valieron del vacío de poder, crisis económica y resentimiento social en dichas naciones, para legitimar sus desmedidas ambiciones bélicas, xenófobas y expansionistas. Todo esto de la mano de Adolf Hitler y Benito Mussolini respectivamente.

Lo desconcertante, sin embargo, es que tras haber pasado casi un siglo desde que el mundo presenciara aquellos acontecimientos que marcaron para siempre nuestra historia, parece que el guión vuelve a repetirse, en especial si tomamos de parámetro acontecimientos como los atentados del 11 de septiembre del 2001 y la crisis económica del 2008, igualada solamente con la que tuvo lugar con el famoso “crack” o gran depresión del 1929. Al igual que el siglo pasado, estos acontecimientos han generado gran incertidumbre en el mundo, erosionando la confianza en las instituciones democráticas y actores políticos tradicionales.

El escenario nueva vez ha sido aprovechado por partidos y actores políticos ultra conservadores o extrema derecha, que se apropian de un discurso incendiario e irresponsable, llamado también populista, que atenta contra el orden establecido a los fines de generar fervor nacionalista en la población. Esto lo hacen al tiempo que buscan un chivo expiatorio a quien adjudicarle los principales males que atentan contra el bienestar común, que al igual que sucedió con los judíos en época nazi, hoy las víctimas son inmigrantes de Medio Oriente y Norte de África.

De ahí que se torna importante desligar el nacionalismo, en especial el vanaglorioso, del sentimiento de patriotismo, ya que este último no admite el uso de la xenofobia para reprimir a grupos étnicos minoritarios y aislar la nación del exterior.

Hoy se aprecia cómo en Europa ha ido ganando terreno estos movimientos, teniendo éxito electoral en algunos países que hasta hace una década eran símbolos de democracia ideal y progresismo. Bastaría mencionar al Frente Nacional de Marie Le Pen, en Francia; Partido de la Liberación de Geert Wilders, en Países Bajos; Partido FPO de Norman Hofer, en Austria; Amanecer Dorado en Grecia; Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, en Italia; el UKIP en Reino Unido; y Donald Trump en Estados Unidos, para comprender la magnitud del desafío que nos espera.

Sin embargo, da la impresión de que las instituciones nacionales y supranacionales aún son capaces de resistir las más oscuras tentaciones nacionalistas y proteccionistas de estos líderes. Pero atendiendo a la advertencia de Buffett, ¿serán nuestras sociedades lo suficientemente sabias como para no volver atrás?.

Habrá que ver hasta qué punto la condición humana sólo tiende a progresar…

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