Arabia Saudí: El lado oscuro del régimen

Por Franklin Rodríguez / Vanguardia del Pueblo

Conocida popularmente como “el reino del desierto”, la monarquía saudí ha sido por décadas una de las principales potencias de Medio Oriente, cuyas particularidades religiosas y políticas le han permitido concentrar el poder en torno a una sola familia compuesta por distintos clanes, la cual ha hecho del petróleo su mejor carta de presentación.

En esencia es esa última característica (la energética), la que ha contribuido a que en reiteradas ocasiones las autoridades de esta nación se salgan con la suya, a la hora de cometer o patrocinar actos que vulneran el sentido de justicia, los derechos humanos y la paz global, basando casi exclusivamente en su amplia capacidad persuasiva. Muestra de esto fue el embargo petrolero a occidente del 1973, mediante el cual generó junto a los demás miembros de la OPEP, un desabastecimiento que elevó considerablemente los precios de los combustibles.

Teniendo ahora Estados Unidos como principal rival en la cima de los mayores productores de crudo a nivel mundial, Arabia Saudí aún sigue teniendo notable incidencia en el mercado internacional, contando con el 18% de las reservas probadas y la mayor petrolera estatal (Aramco). Por si fuera poco, la monarquía saudí cuenta con el 3er mayor presupuesto militar, solo detrás de Estados Unidos y China, lo que le ha servido para preservar su influencia regional ante el repunte de Irán y conflictos como el de Yemen y Siria, sin contar el embargo a Qatar.

Bajo esas circunstancias la familia bin Salman, cuyo clan ha Estado al frente del Estado desde el 2015, ha cambiado ciertas reglas de juego que regían dentro de la monarquía por décadas, como es el consenso entre príncipes, una cultura de gobernabilidad que viene siendo progresivamente desmantelada por un joven reformista. Respondiendo al nombre de Mohamed bin Salman, este joven príncipe de 32 años y primer heredero al trono que hoy ostenta el rey Salman ibn Abdulaziz, ha presentado su Visión 2030 de cara a la rica nación árabe, que incluye el fondo de inversiones más grande del mundo, de unos dos billones de dólares.

No obstante, más allá del aparente encanto y visión algo occidentalizada del príncipe, que de hecho ayudó a romper con la retrograda restricción a conducir que tenían las mujeres saudíes, al tiempo que propició la apertura de cines y teatros, lo cierto es que la tolerancia del régimen ha reducido a sus mínimos. Sucede que el también ministro de Defensa saudí, ha iniciado un proceso de consolidación de su influencia, que tiene como principal herramienta la persecución y arresto de activistas, disidentes, religiosos e incluso acaudalados miembros de la familia.

Es así como en una supuesta “lucha contra la corrupción”, desde el 2017 algunos príncipes y funcionarios de relevancia en el reino han sido detenidos, obligándoseles a renunciar a su influencia y parte de sus fortunas como única forma de salvación. Lo peculiar de esta iniciativa, es que las supuestas formas de corrupción en el reino (sobornos, malversación, tráfico de influencia, clientelismo, etc.) han sido parte de una cultura familiar tradicional, que le ha costado a las arcas del Estado un estimado de US$100,000 millones de dólares.

Dado lo anterior, resulta notable que el casi medio millar de detenciones más bien consista en una purga sistemática, que busca neutralizar cualquier amenaza al trono, y de paso concentrar las riquezas de la familia que se estiman en US$800,000 millones de dólares.

Sin embargo, otro sector que ha sido víctima de esta ola represiva es el periodismo, donde en las últimas dos semanas un nombre ha destacado entre los demás, Jamal Khashoggi. Este periodista saudí, radicado hace un año en Estados Unidos, fue visto por última vez a principio de mes, cuando ingresó al Consulado de Arabia Saudí en Turquía, edificación de la cual no volvería a salir.

La hipótesis inicial de un posible asesinato y desmembramiento de Khashoggi por parte de agentes saudíes, vertida por autoridades turcas, ha abierto un nuevo capítulo en el alcance que puede tener el régimen, y los límites que está dispuesto a rebasar con tal de minimizar cualquier amenaza. Aunque desconocido para quienes no hacen vida política o internacional, el desaparecido periodista disfrutó de una carrera exitosa, durante la cual llegó a fungir como consejero, asesor y vocero de la familia real. Su fama mundial se cristalizó cuando entrevistó a Osama bin Laden en los 80´s, durante la Guerra de Afganistán, tras lo cual fraguaron una amistad que rompería tiempo después cuando los atentados del 11 de septiembre. Al igual que bin Laden, Khashoggi era miembro de una prominente familia saudí y su estrecha relación con la monarquía le hizo conocer las intimidades de la familia, lo que a su vez le convertiría en una potencial amenaza.

En efecto, este periodista comenzó a cuestionar las decisiones de bin Salman en la Guerra de Yemen, a través de su cuenta de Twitter (con 1.6 millones de seguidores), por lo que fue vetado por el propio príncipe. Además, Khashoggi también había apoyado mediáticamente la Primavera Árabe, un movimiento revolucionario aupado por Occidente, que buscaba alterar el equilibrio de poder en la región, suponiendo una amenaza para la propia monarquía saudí.

Dado lo anterior, y sobre todo su supuesta cercanía de décadas con miembros de la Hermandad Musulmana, el citado periodista cayó en desgracia con el régimen, que le censuró su columna informativa, lo obligó a un exilio auto impuesto y el encarcelamiento repentino de allegados. No obstante, una vez en Washington, lejos de desistir, Khashoggi retomó las críticas al régimen, lo que se cree pudo ser la gota que derramó el vaso y marcó su destino.

A pesar de los esfuerzos conjuntos de Arabia Saudí y Turquía por esclarecer lo ocurrido, donde el propio príncipe saudí negó inicialmente cualquier atentado contra Jamal Khashoggi, la creciente presión internacional solo hizo confirmar lo peor.

La muerte del periodista abre una nueva caja de pandora, al tiempo que supone un duro reto para las naciones aliadas de Riad, que deberán reconsiderar su apoyo (casi incondicional) a un régimen que cuyo espejismo reformista acaba de ser desenmascarado.

Como es de esperar, algún chivo expiatorio pagará los platos rotos, pero en regímenes como este, un acto de tal dimensión no se ejecuta sin la bendición y autorización de su máxima autoridad.

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