GROENLANDIA: ¿Qué hay detrás?.

Por Franklin Rodríguez / Vanguardia del Pueblo

Los efectos propios del cambio climático se tornan cada vez más irrebatibles, a medida que los fenómenos naturales alrededor del mundo se vuelven peligrosamente incontrolables e impredecibles.

Recientemente la región del Amazonas ha sido testigo de vastos incendios forestales, que han ocasionado la perdida de millones de hectáreas de este vital bosque tropical, despertando la alerta internacional. No obstante, los altos niveles de calor y sequía que produjeron la rápida expansión de estos incendios (en su mayoría producto de acciones humanas), también han sido patentes en zonas tan apartadas como el circulo Ártico, donde los bosques de Siberia, Alaska, Escandinavia y Groenlandia han sido parcialmente arrasados por las llamas. A pesar de que entre los meses de mayo y octubre es común que en esta región los rayos generen incendios, la magnitud del fuego ha sido tal que ha acabado con una extensión de bosque poco más grande que Haití, lanzando a su vez un aproximado de 50 megatoneladas de CO2.

Lo preocupante de esto último, es que la emisión de estos gases de efecto invernadero, contribuyen a su vez a aumentar más la temperatura mundial, y acelerando el descongelamiento del permafrost en esta región (capa de hielo sólido que contiene gases metano y dióxido de carbono almacenados por miles de años), que de ser liberados tendrían un impacto impredecible. Preciso resulta aclarar que ya para mayo de este año, los niveles de CO2 a nivel mundial alcanzaron el record de 415 partes por millón, cuando históricamente el promedio natural nunca había superado los 280 ppm, lo que podría aumentar la temperatura del planeta en 4 o 5 grados en los próximos 70 años.

La oleada de calor que ha magnificado los incendios en Amazonas y el Ártico ha tenido especial incidencia en Groenlandia, donde el descongelamiento de glaciares ha sido acelerado, amenazando el habitad de valiosas especies como orcas, focas y osos polares. De unos 2,166,086 millones de km2 Groenlandia es la isla más grande del mundo, cubierta en un 80% de hielo y donde habitan apenas unas 56,000 personas, que poseen un gobierno autónomo bajo el protectorado de Dinamarca.

Según estudios, los niveles de descongelamiento en esta zona durante los años 2003 y 2010 fueron mayores a los registrados durante los pasados siglos, donde Groenlandia perdió unos 215,000 millones de toneladas de hielo. A su vez, los efectos han sido especialmente evidentes en el glaciar más grande de la isla, llamado Jakobshavn (de 65km de largo), cuyo hielo perdió en la última década unos 150 metros de espesor, aumentando los niveles del mar.

Fuera de estos apuntes, hasta ahora limitado a debates en foros y círculos científicos o gubernamentales, es poco lo que se promueve de Groenlandia a nivel mundial, salvo que es una enorme isla cubierta de hielo que depende casi exclusivamente de la pesca y venta de pieles. Pero algo podría estar cambiando.

En efecto, en días pasados muchos fueron tomados por sorpresa por el mandatario estadounidense, Donald Trump, quien externó su interés por comprar Groenlandia, una noticia que terminó siendo recibida como una broma por homólogos y diplomáticos, aunque en el fondo la intención luce muy seria y calculadora. Sucede que, a pesar de que la peculiar forma de Trump manejar los asuntos gubernamentales, ha terminado por restar formalismo a sus iniciativas, lo cierto es que no es la primera vez que un presidente estadounidense muestra interés por esta zona.

Con anterioridad, más precisamente en 1867, el entonces mandatario Andrew Jackson fue apoderado de un informe favorable a la adquisición de Groenlandia, que resaltaba su ubicación estratégica y abundancia en recursos naturales. Tras aquel primer intento, sería bajo la presidencia de Harry Truman que en 1945 Estados Unidos volvería a fijar su mirada en la isla, en esta ocasión bajo el pretexto de blindarse ante un potencial avance soviético en la antesala de la Guerra Fría.

Un año más tarde Washington presentó una oferta formal por unos US$100 millones en oro (equivalente a US$1,300millones actuales), lo cual fue rechazado por Dinamarca, arribando en cambio a un acuerdo de defensa que facilitó la construcción de una base militar. Finalizada a principios de los 60´s, la base de Thule se convirtió en un enclave militar estratégico en el Ártico, donde para el 2016 los niveles de deshielo revelaron grandes cantidades de proyectiles y desechos nucleares estadounidenses, en una secreta base paralela llamada Camp Century.

Ha sido también producto del calentamiento global y consiguiente descongelamiento de los glaciares, que en los últimos años China se ha propuesto extender su influencia a la región del Ártico, una movida que junto a la retórica y complicidad de Moscú despierta viejos temores en Washington.

Contando con varios rompehielos, la posibilidad de hacer de Groenlandia un punto de conexión en la “Ruta polar de la seda” parece un propósito realista, sumado a las potenciales inversiones en infraestructura que puede ofrecer.

No obstante, el repentino interés de Estados Unidos, así como el motivo de preocupación respecto a la presencia china en la región, yace en los abundantes recursos naturales cuyo acceso y posible explotación se ha facilitado por el deshielo. Rica en uranio, rubí, carbón, oro, hierro, petróleo y gas, Groenlandia ha comenzado a despertar llamar la atención de las grandes multinacionales, que a su vez han validado la presencia de las muy demandadas “tierras raras”.

Especialmente abundante en la zona de Tanbreez, la isla posee la mayor reserva de tierras raras del mundo, donde el disprosio, praseodimio, terbio, neodimio y otros minerales raros pueden llegar a representar el 50% del total, lo que podría ayudar a Estados Unidos y otras potencias occidentales a prescindir del monopolio casi exclusivo de china en este renglón.

Lo anterior explica el que, en medio de la guerra comercial entre ambas potencias, Washington aproveche el contexto y la creciente precariedad financiera de Groenlandia, para plantear una oferta de compra o incluso intercambio por una parte del territorio de Alaska. De hecho, la necesidad de recursos por parte de los habitantes de la zona, llevó a las autoridades locales a contestar a la propuesta de Trump que “no están en venta, pero están abiertos a los negocios y acuerdos comerciales”.

A fin de cuentas, es cuestión de tiempo el ver cómo toma forma las nuevas movidas en el tablero geopolítico global, donde Groenlandia y la región del Ártico jugarán un rol estelar.

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